Interior Interior

Un espacio renovado en el barrio de Polanco


Luce esplendoroso el muro de ladrillo expuesto en contraste con el lambrín gris de donde penden espejos de plata vieja. Confieren amplitud al espacio y lo decoran a la vez. Lucen también atractivas, como parte de las formas sutiles de la luz, las sombras que se proyectan debajo de la escalera; y en el techo, las lámparas, cuyo look industrial se complementa con el estilo del lugar, cálido y receptivo.

El árbol de olivo que nace del primero piso y llega hasta el segundo da unidad al interior, no sólo por su presencia en ambos salones, sino porque sus colores se integran a la perfección con el tono verde olivo de los sillones, el gris natural de la piedra y los reflejos amarillo, ocre y dorado del ónix de la barra.

En la terraza, ubicada en el piso superior, se distinguen varios elementos: el techo, que puede abrise y cerrarse según se desee; las ventanas que miran a la calle, y una esplendorosa chimenea para calentar las noches frías del invierno mexicano, ese que parece tomarnos siempre por sorpresa.

Y así como los detalles visten los sabores y presentaciones de los platillos de este restaurante, también lo hacen con el espacio. Arriba, sorprenden los muebles de madera que dan paso a los servicios y los grabados que los anuncian; en el entrepiso, el cristal que une visualmente el salón con la terraza; abajo, bodegones vivos de flores y frutos que sorprenden con su colorido y temporalidad, o las plantas que enmarcan el espacio al aire libre.

Y es que todo eso también es Gogó y Lola: la tradición viva en el espacio y en la mesa, los detalles y la vitalidad constante para renovarse, cada vez.

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